Agnes Grey. Anne Brönte

«Es posible que las circunstancias hubieran cambiado y que esta casa ya no fuera más mi hogar».

Anne Brönte

A sus 27 años, Anne Brönte decide pegar un puñetazo en la mesa, publicando, bajo el pseudónimo ‘Acton Bell’, su propia novela. Aquí está ella, harta de que se la subestime por ser joven. No es estúpida, tiene sus propias opiniones y quiere compartirlas con el mundo. Tiene miedo de ser juzgada, por eso calla, pero está cansada.

Brönte te atrapa desde la primera pagina, cuando dice que contará la verdad que no le contaría ni a sus amigos mas íntimos.

«Siempre había mucha costura por hacer, pero a mí nadie me había enseñado ni siquiera a cortar la prenda más sencilla y, excepto algún dobladilo simple e hilvanes, poco mas podía ayudar. Ambas me decían que les resultaba más sencillo hacer el trabajo ellas mismas que enseñarme para que yo lo hiciera (…)».

Anne Brönte

Si eres la hija pequeña, como es mi caso, te va a resultar muy fácil sentirte identificada con absoluta y completamente todo lo que dice en el primer capitulo, sobre que se la tiene sobreprotegida, que no confían en ella, no quieren enseñarla, no la dejan ayudar… Hermanas pequeñas del mundo, sed sinceras con esta redactora, ¿a quién no le ha pasado eso?

También sus deseos de ayudar a su familia y ser la única que mantiene una actitud positiva ante su complicada situación.

Al igual que hizo Lucy Maud Montgomery (Ana de las Tejas Verdes), cita a Louisa May Alcott y sus «castillos en el aire». Es increíble la influencia que tuvo sobre las mujeres de su época.

Tiene una forma de escribir muy elegante pero sencilla y fluida. Es como mezclar poesía con prosa muy didácticamente. Faltaría más, habiendo ejercido la escritora como institutriz en dos ocasiones.

A mi estos niños me están asustando, o sea matan animales de distintas formas por diversión y encima sus padres colaboran a ello. Como Brönte dice si hacen eso con 6 y 7 años, con 10 van a ser unos maníacos psicópatas. Es escalofriante de por sí que lo hagan, y aún más que se lo hayan permitido y encima les hayan alentado a hacerlo. Es que se te quitan las ganas de tener hijos, de ser profesora o niñera. Qué horror.

La denuncia que hace sobre lo maleducados, irrespetuosos e incorregibles que son los niños, y cómo sus padres viven en la inopia porque son igual de insoportables que ellos; es muy fuerte. Brönte realmente ha llegado para contar la verdad, no se corta. Lo denunció en una época en la que tenías que dar gracias porque te dejasen trabajar siendo mujer. Esta familia, con la que ella convivió (porque el relato está basado en hechos reales); debió de leer el libro. Requiere valor alzar la voz arriesgándote a no ser contratada por tus declaraciones. En lenguaje de calle: dilo alto, reina.

Según iba leyendo los capítulos me iba dando cuenta que la osadía no se quedaba en pasarle revista a los niños y sus padres, sino a todos los miembros de la familia, ¡hasta a la abuela! Brönte me caes muy bien.

Me sorprende y, poniéndome en la piel de un Lord del XIX, me escandaliza que fuera capaz de escribir sobre la hipocresía de las clases altas de la sociedad, y lo poco que valoran a los que no son de su igual condición económica-social; tan abiertamente.

«Creían que, como los colonos eran pobres y sin instrucción, debían de ser estúpidos y brutos, y el hecho de que ellas, seres superiores, condescendieran a hablar con ellos y darles chelines y medias coronas o prendas de vestir, les daba derecho a divertirse, incluso a su costa, y la gente debía adorarlas como ángeles de luz, que se complacían en atender a sus necesidades e iluminar sus humildes moradas».

Anne Brönte

No olvidemos que lo está manifestando una mujer en cubierto (Acton Bell), en boca de otra mujer (la protagonista del libro, que es un alter ego de la propia Brönte).

«Como ninguno de los antes mencionados, damas y caballeros siquiera notaba mi presencia, era desagradable pasear su lado, como si me interesara lo que decían o estuviera deseando que me considerasen un igual. Ellos hablaban por encima de mí o a través de mí, y si mientras lo hacían sus ojos se detenían en mí, parecía que miraban al vacío, como si no me vieran o estuvieran deseosos de hacer que lo pareciera. También era desagradable caminar detrás. Era como si yo misma reconociera mi propia inferioridad, pese a que me consideraba casi tan buena como el mejor de ellos y deseaba que ellos fueran conscientes y no creyeran que yo me veía como una simple criada que sabe tan bien cuál es su lugar como para atreverse a caminar a la misma altura que damas y caballeros de tan alta categoria como ellos…»

Anne Brönte

Por no mencionar lo mucho que larga sobre Rosalie y Matilda, y cómo se desarrolla su edad del pavo. Solo quieren coquetear sin importarles los sentimientos ajenos, aunque si tengo que romper una lanza en favor de Rosalie por haber rechazado a semejante pieza devota de la iglesia. Admiro cómo se queja de la asociación que su sociedad hace, del amor y las mujeres; y de que tiene derecho a rechazarle sin tener que ser amedrentada por amenazas. Rosalie solo le dice lo que quiere oír para que se vaya y la deje en paz, e incluso llega a enfrentarse a él con más clase de la que merece. Es una niñata vanidosa, pero de algo le ha servido al fin y al cabo.

Y ya si nos ponemos con la señora Murray… Que pretende que Agnes tome la responsabilidad que le pertenece a ella como «madre de»… De verdad, me quedo sin palabras, y ya sabéis queridxs que yo siempre tengo palabras para todo.

Qué bonito capítulo el de Las Prímulas, qué belleza y qué gesto tan importante en la simplicidad de coger flores para alguien que lo está pasando mal. Me llena el corazón de ternura.

«(…) sequé los pétalos de la otra entre las páginas de mi Biblia… Todavía los conservo y tengo la intención de quedármelos para siempre».

Anne Brönte

Siguiendo en la línea de la relación con el señor Weston (personaje basado en William Weightman, ayudante de su padre), me resulta gracioso que Brönte no pudiera ni imaginar que el mundo acabaría sabiendo quién era «el escritor» que confesó su amor.
Obviamente se refiere a sí misma con pronombres masculinos, pero no encaja. Entiendo que en inglés no existen tales calificativos de género («the writer»), pero en la traducción se nota muchísimo que está escrito por una mujer. ¿A qué hombre le interesaría escribir sobre la vida de una institutriz?

«(…) He omitido contar sus palabras con detalle, partiendo de la idea de que no interesarían tanto al lector como a mí, no porque las haya olvidado. No. Las recuerdo bien, porque pensé en ellas una y otra vez en el transcurso de ese día y de muchos sucesivos, no sabría decir con qué frecuencia, y recuerdo cada entonación de su voz profunda y clara, cada destello de sus vivos ojos castaños y cada brillo de su amable sonrisa, aunque demasiado fugaz. Tal confesión parecerá muy absurda, me temo, pero no importa: ya la he escrito y los que la lean no sabrán quién es el escritor».

Anne Brönte

Resulta escandalosa la crítica que hace Brönte del matrimonio por conveniencia. Imagino que esto no debió de hacer gracia en una época en la que la razón de las uniones era precisamente escalar en el plano social-económico. Por ello admiro que la autora le haya puesto el tema en bandeja de plata al lector, para que se sienta identificado, se indigne, se enfade y tal vez, reflexione.

«(…) – Parece antinatural, pero algunas personas piensan que el rango y la riqueza son bienes supremos, y si pueden asegurarlos para sus hijos, creen que han cumplido con su obligación».

Anne Brönte

«Cierto. Pero ¿no resulta extraño que personas experimentadas, cuyos matrimonios fueron arreglados igual, tengan tan poco juicio?».

Anne Brönte

También es llamativo el papel que cree que debe tener la mujer en el matrimonio. Cuesta dilucidar si está siendo irónica, a través de Rosalie; o si realmente lo está diciendo para que el lector se haga una idea de hasta dónde puede llegar la personalidad vanidosa e inmadura de la mencionada señora Ashby.

«-¡Ah! ¡Que usted cree que yo debo esforzarme por entretenerlo! No, esa no es la idea que yo tengo de lo que es una esposa. Es tarea del marido complacer a la esposa, no la de ella complacerlo a él; y si él no está satisfecho con ella tal y como es, y no está agradecido por poseerla también, no es digno de ella.
Eso es todo (…).»

Anne Brönte

A Brönte no se le agotan los zascas. Habla del derecho a la educación de las mujeres, el que tienen los hombres por su condición de ser varones.

«(…) – Me dijeron – dijo él- que era usted un perfecto ratón de biblioteca, señorita Grey, tan completamente absorbida en sus estudios que estaba perdida para cualquier otro placer (…). – No, señor Weston, no se lo crea; es una difamación escandalosa (…). – Espero que ese comentario fuese infundado, en cualquier caso. – ¿Por qué? Es que tiene algo en particular en
contra de que las mujeres estudiemos? – No (…)»

Anne Brönte

Es más, no solo lanza una pregunta directa, reivindicativa y feminista, sino que pone en boca de su amado personaje varón, su Weston, la respuesta que quiere oír. La autora está dándole una lección de igualdad a su sociedad. Clara, concisa y para toda la familia.

Es muy interesante cómo presenta la dicotomía de la vida, cómo puede pasarte algo bueno, como es una tontada con el señor Weston, y al mismo tiempo algo terrible, como es la muerte de un padre.

Con este final ha llorado hasta el apuntador. Curioso que elija un final feliz, un final muy austeniano. Tal vez, al igual que a Alcott, no le publicasen el libro si la protagonista no acababa casada; tal vez lo hiciera por sus fuertes principios religiosos; o tal vez (y creo esta es la opción más ajustada a la realidad, ya que el personaje ficticio reproduce, literalmente, el carácter y comportamiento del de la vida real), quisiera tener el final feliz que nunca tuvo con William Weightman.

Murió prematuramente, contagiado de cólera al haber visitado a un enfermo, el 6 de septiembre de 1842.

En Diciembre de 1842, Anne Brönte escribió:

«That Angel smile that late so much,
Could my fond heart rejoice;
And he has silenced by his touch,
The music of thy voice, I’ll weep no more thine early doom
But O I still must mourn
The pleasures buried in thy tomb
For they will not return!»

Anne Brönte

«(…) And if thy, life as transient
proved
It hath been full as bright,
For thou wert hopeful and
beloved,
Thy spirit knew no blight»

Anne Brönte

«And yet I cannot check my sighs
Thou wert so young and fair
More bright than summer morning skies
But stern Death would not spare
He would not pass our darling bye
Nor grant one hour’s delay
But rudely closed his shining eye
And frowned his smile away»

Anne Brönte

Agnes Grey es una obra espectacular que lo tiene todo para considerarse un bestseller: crítica social, amor, desamor, disputas, muertes, drama… Resulta muy ligera y agradable de leer por su tono poético, narrativo y didáctico. Todo el mundo debería leerlo una vez en la vida antes de morir. Es sencillamente un clásico de los buenos dentro de la literatura universal.

«Y ahora creo que ya he dicho bastante»

Anne Brönte

Puntuación: 5 de 5.

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